Washington
- Diego García García
- 23 jun 2024
- 16 Min. de lectura
De las tres ciudades de Estados Unidos que teníamos pensado visitar, Washington era, de entrada, la que menos atractivo tenía para nosotros. En nuestra imaginación, San Francisco y Nueva York se presentaban más apetecibles que la gran capital, que nos imaginábamos administrativa y gris... no podíamos estar más equivocados.
Washington ha sido una grata sorpresa. Desde el momento que llegamos a Union Station y divisamos desde su impresionante vestíbulo la cúpula del Capitolio, que domina toda la ciudad junto con el imponente obelisco conmemorativo a George Washington, supimos que esta ciudad tenía mucho que ofrecer.
Dejamos corriendo las maletas en el apartamento, para dirigirnos al Capitolio aprovechando las últimas luces del día.


El Parlamento y todos sus anexos son edificios majestuosos que nada tienen que envidiar a ninguna ciudad con más historia (Washington es una ciudad relativamente joven, con apenas poco más de 200 años).
La suerte de esta ciudad es que fue diseñada desde cero sobre el plano para ser lo que es hoy día, la gran capital del país y símbolo de su poder. Se vertebra de este a oeste por el kilométrico Mall, donde se localizan las instituciones que rigen el destino del país y de parte del planeta: el Capitolio, la Casa Blanca, el Tribunal Supremo... Todas ellas dominadas por el obelisco central de Washington, quien desde su cúspide piramidal observa y vigila que no se le desmane mucho la democracia que creó tras su independencia del Imperio británico.
El Mall es, además, una delicia para el turista, que tiene concentrado lo más visitable en apenas poco más de dos kilómetros de paseo llano y lineal. Recorrer esta franja es de obligado cumplimiento para poder admirar sus fascinantes museos, sus edificios clásicos y todos los Memoriales en homenaje a sus muchas guerras y personajes más ilustres de la historia del país.
Lo de los museos aquí es otro nivel. Lo primero, que están todos concentrados en un mismo entorno, lo cual facilita mucho la vida y los desplazamientos. Y lo segundo, que no solo son interesantísimos, sino que, además, gratuitos, con lo cual puedes entrar las veces que quieras sin dejarte medio presupuesto por el camino.
Hay tantos museos que, a menos que te pases media vida en esta ciudad, tienes que elegir. Teniendo en cuenta el tiempo del que disponíamos y el gusto de los niños, nos decidimos por el Museo del Aire y del Espacio así como el de Historia Americana (el de Ciencias Naturales debe de ser genial, pero acabábamos de visitar el de Nueva York).
El Museo del Aire es de los más visitados (de hecho, es gratuito, pero tiene tanta afluencia que hay que reservar día y hora). No es de extrañar que sea de los más demandados, porque es muy interesante lo que allí se encuentra expuesto.

Para empezar, hay toda una sala dedicada a los Hermanos Wright, sus primeros vuelos, y toda su lucha y tenacidad por hacer realidad este viejo sueño de dar alas al ser humano. Realmente había que tener mucha ilusión y valor para montarse en esos primeros diseños en las playas perdidas de Carolina del Norte.
Resultó curioso enterarse de cómo estos hermanos aplicaron todos sus conocimientos sobre el mundo de la bicicleta (vendían, reparaban y diseñaban sus propias bicicletas en su tienda de Ohio) para inventar el primer modelo de avión que voló exitosamente, cuyo original se encuentra en esta sala. Recuerda al famoso discurso de Steve Jobs acerca de conectar los puntos. Nunca sabes a dónde te va a llevar el conocimiento ni para qué vas a aplicar en el futuro todo lo que aprendes, pero al final, todo suma.

A lo largo del museo diferentes salas muestran el desarrollo del mundo de la aviación. Desde su primer uso militar, para luego darle utilidad en el mundo civil con el correo postal y, posteriormente, la aviación comercial.

La aviación tampoco estuvo apartada de las luchas sociales por la igualdad y también hay salas dedicadas a la entrada de la mujer y de las personas de raza negra. Hubo mujeres valientes que pilotaron aviones desde los primeros años de la aviación, como la Baronesa Raymond de Laroche o la famosa Amelia Earhart, que sobrevoló el Atlántico sin escalas.

También tiene una parte dedicada al espacio. Estados Unidos estuvo en pugna continua con la Unión Soviética en la denominada "carrera espacial" por llegar a ser la nación más avanzada tecnológicamente capaz de poner a un ser humano en órbita, lanzar un cohete a la luna, etc... Cuando la URSS dejó perplejo al mundo (y en especial a los americanos) con el cosmonauta Yuri Gagarin, primera persona en ser enviada al espacio, el orgullo americano quedó herido y JFK se comprometió con el programa espacial y en ser los primeros en enviar una nave tripulada a la Luna.
En el museo se pueden contemplar partes reales del Apolo XI, esa nave que tan solo 8 años más tarde de aquel discurso de Kennedy consiguió aterrizar en la Luna con tres astronautas a bordo (y lo más importante, volver). Incluso se exhiben partes que se perdieron en el mar cuando efectuó su reentrada en la atmósfera terrestre y que a golpe de cheque ha recuperado Elon Musk, fan declarado de todo esa etapa espacial (le debió pillar de pequeño pegado al televisor, viendo a los héroes del momento pisar la luna, antes de que llegaran los Youtubers y cambiaran los parámetros de lo que es admirable).
El otro museo que visitamos fue el de Historia Americana, también interesantísimo. Es tan inmenso que hay que elegir qué salas visitar si no te quieres pasar media vida dentro de él.
Comenzamos por la sala dedicada a la cultura popular, el espectáculo y la industria del entretenimiento, donde te reciben a la entrada nuestros robots humanoides preferidos: se trata de los auténticos trajes de C-3PO y R2-D2 que llevaron los actores de la saga de Star Wars.

Esta sala fue de nuestras favoritas. De lejos, la más entretenida. En ella se exponen multitud de objetos relacionados con toda la cultura popular generada por Estados Unidos a través de la radio, el cine y la televisión, que no es poca y que ha influido a medio mundo. Así, podemos ver la famosa guitarra amarilla de Prince, el guante de Koufax o la camiseta de Michael Jordan, por citar ejemplos de personajes de carne y hueso, pero también, y no por ello menos influyentes, de grandes creaciones del cine como la bata de Rocky Balboa (la de antes del combate, no la de pantuflas y cerveza un domingo tonto delante de la televisión) o los auténticos muñecos originales de Barrio Sésamo: Gustavo, el reportero más dicharachero, Coco y nuestro amado Monstruo de las Galletas.

En esta misma sala también se puede uno meter en unas habitaciones en las que se reproducen videoclips y canciones que se convirtieron en himnos de movimientos por los derechos sociales y libertades de afroamericanos, mujeres, comunidad LGTBI, inmigrantes hispanos... así como salas dedicadas a hacer análisis crítico del tratamiento de las imágenes estereotipadas de grupos minoritarios en los programas de televisión y películas de cine, abogando por adoptar perspectivas distintas a las del hombre de raza blanca de origen europeo. Y es que se puede percibir que la sensibilidad sobre el tema racial está presente de manera continua en todo el país en todo aquello que hacen.
Curiosa resulta también la sala de todos los Presidentes que han pasado por la Casa Blanca, desde George Washington hasta Joe Biden. La figura del Presidente de Estados Unidos es venerada en este país y consideran que no hay mayor cargo de responsabilidad y poder en el mundo.
Para nosotros, lo más interesante, fue conocer las anécdotas "tontas" de cada uno de sus "reinados", como, por ejemplo, la pista de bolos que hizo construir Truman, el mapache que paseaba por el césped de la Casa Blanca la mujer de Coolidge o la decisión de Obama de reconvertir las pistas de tenis que Theodore Roosevelt hizo construir a principios del siglo XX para que también pudieran usarse como pistas de baloncesto (con todo el significado social y cultural que este cambio implica).
Nos llamó asimismo la atención el riesgo que conlleva ostentar este cargo: cuatro presidentes fueron asesinados en la historia de este país, y otros cuatro sobrevivieron atentados. Ser guardaespaldas del Presidente de EE.UU. no debe ser ninguna tontería.
Otra sala impactante de este museo fue el recorrido por todas las guerras que este país ha librado, desde la de Independencia para liberarse de la Corona Británica y comenzar su propia andadura, pasando por las de expansión territorial contra México y la interna de Secesión, guerra civil que terminaría definiendo lo que actualmente es Estados Unidos, hasta cada una de las guerras libradas en el siglo XX y parte del XXI que han marcado a cada generación de estadounidenses: I y II GM, Corea, Vietnam, Irak, Afganistán... Este país ha estado enzarzado en prácticamente todos los conflictos mundiales.
Esta sala recorre cada uno de estos conflictos aportando fuentes documentales, materiales y visuales muy interesantes. Por ejemplo: uniformes militares, la propaganda utilizada en el momento para movilizar reclutas o mantener la moral alta, fotos y documentales, etc. Hasta hay un helicóptero auténtico de los que estuvieron combatiendo en Vietnam.

Al finalizar el recorrido, sales tocado de tanto conflicto bélico, uno detrás de otro en el tiempo, que ha debido inevitablemente marcar el carácter de los ciudadanos de este país, pues cada una de estas guerras deja necesariamente una profunda herida social que no siempre habrán sido capaces de cicatrizar.
Una de esas guerras fue, sin duda, la de Vietnam, que hemos tenido ocasión en este viaje de poder observar desde el punto de vista de cada uno de los dos bandos.
El Memorial de la Guerra de Vietnam, situado en el Mall, es llamativo por su falta de monumentalidad, si lo comparamos con otros más "clásicos" como el dedicado a la II Guerra Mundial, por ejemplo.
Es austero y sencillo, pero muy emotivo, compuesto tan solo de un largo muro negro que ni siquiera se levanta del suelo, sino que se hunde y se puede recorrer descendiendo paulatinamente por una rampa que se mete en el suelo, como una zanja, como una herida abierta que aún no se hubiese cerrado. Hay algo de tristeza y de derrota en este diseño. No es el característico arco del triunfo, enorme y majestuoso, ni hay columnas ornamentadas, ni coronas de flores, ni siquiera esculturas heroicas. La única escultura del Memorial de Vietnam es una apartada imagen, a un lado del muro negro, en la que se muestran tres soldados en una postura más cansada y desgastada que triunfante. Ni siquiera van perfectamente uniformados. Tal y como los han retratado en infinidad de ocasiones en películas tales como "La chaqueta metálica", "Apocalypse Now" o "Platoon", aparecen con aspecto sucio, llenos de barro y sudor, mirada un poco perdida, chaquetas abiertas con las características dog tags (literalmente, "etiquetas para perros"), esas chapas de identificación que debían de dar muy mal rollo que te las colgaran del cuello. Los tres hombres son un caucásico, un afroamericano y un hispano, lo cual no es casualidad, sino un reconocimiento a todos estos grupos que lucharon en esta guerra.

Volviendo al largo muro negro que se hunde en la tierra, en él se encuentran inscritos todos los nombres de los caídos, y ahí se puede observar esta mezcla de grupos étnicos, al comprobar que junto a los Smith y Patterson de toda la vida se encuentran muchos Martínez o Fernández.
Pone los pelos de punta ver aún, casi 50 años después de la conclusión del conflicto, a personas arrodilladas ante el muro, pasando un lápiz por encima de un papel apoyado en un determinado nombre para calcarlo y llevárselo como recuerdo, posiblemente de algún familiar o conocido, o ver que aún dejan cartas, flores, banderas, velas encendidas o incluso fotografías del soldado caído con el uniforme de cadete en la academia.
Todo el muro (en realidad son dos muros con forma de triángulo rectángulo que se unen formando una silueta como de alas de águila) mide unos 150 metros de largo (llegando en su parte más alta a los dos metros) y contiene unos 60.000 nombres puestos en orden cronológico según la fecha del siniestro que acabó con su vida, sin distinción de rango.

Muchos de los caídos en las múltiples guerras que Estados Unidos ha librado se encuentran enterrados en el cementerio militar de Arlington, una enorme extensión de 250 hectáreas (2 veces el Parque de El Retiro, para hacernos una idea) que deja sin aliento al contemplar perfectamente alineadas e impolutas más de 400.000 tumbas. Campos y campos enteros llenos de lápidas blancas donde descansan aquellos que cayeron por su país desde la Guerra de Secesión a la actualidad, divididos en sectores según la guerra de la que se trate.

No solo hay militares enterrados aquí, sino también figuras relevantes de diferentes ámbitos. Por ejemplo, deportistas como "el bombardero de Detroit" (el varias veces campeón de los pesos pesados, Joe Louis); el explorador del Polo Norte, Robert Peary; astronautas del fallido Challenger, que explotó en vuelo; miembros destacados del Tribunal Supremo, o incluso presidentes como JFK junto con su esposa, hijo y hermano Robert (también asesinado años más tarde que John). Otras secciones del cementerio están dedicadas al personal de enfermería caído en combate, así como a reporteros de guerra.
Asimismo, que nos afecta porque converge con nuestra historia nacional, aquellos fallecidos durante la explosión del Maine, un acorazado viejo cuya detonación fue achacada a los españoles y propició la excusa necesaria para declararles la guerra y arrebatar a España las colonias de Cuba y Puerto Rico. Por cierto, que hoy día ya han reconocido que posiblemente el barco explotó por sí mismo; alguna historia con la caldera que no debía pasar las revisiones periódicas prescritas por el fabricante ("Ouchh!", que exclamaría Homer Simpson).
De más actualidad, se encuentra un sector con aquellos que murieron a consecuencia del atentado del 11-S contra las Torres Gemelas, ya sean víctimas directas del ataque o miembros del ejército, la policía y los bomberos en sus funciones de rescate.
Llamativa resulta dentro del Cementerio de Arlington la custodia de la Tumba del Soldado Desconocido, efectuada por la Vieja Guardia (Regimiento 3º de Marines que se dedica en exclusividad a esta tarea), con sus trajes impecables, impertérritos tras sus gafas de espejo, sin muestra de emoción alguna en sus rostros. Se denominan "Centinelas", son elegidos tras un riguroso entrenamiento y se muestran orgullosos de honrar a aquellos soldados caídos y "solo conocidos por Dios".
Frente a una lápida conmemorativa, en la que siempre luce una corona de flores, el "Centinela" inicia su ronda de guardia. Efectúa de manera mecanizada 21 pasos en una dirección, para, gira ceremoniosamente sobre sí mismo cambiando el arma de hombro, taconazo bien audible incluido, y tras 21 segundos de espera, inicia sus 21 pasos de regreso al punto inicial y vuelta a empezar. Son 21 pasos exactos y calculados, ni uno más ni uno menos, con movimientos de autómata, como si de robots se tratara.
Cada media hora o una hora, según la estación del año, un oficial en impecable uniforme (y gafas de espejo, por supuesto, que se las deben dar junto con el rifle al graduarse) aparece en la plaza con una extraña y robótica cadencia en sus andares, como si las piernas fueran moviéndose lo mínimo necesario y de cintura para arriba ni un movimiento. Parece un autómata, un soldadito de plomo al que hay que buscarle en la espalda la llave que le da cuerda y acciona el mecanismo. Todo es rigidez. Hasta los giros los efectúa en perfectos ángulos de 90º. No es de los que te imaginas haciendo congas en las bodas. Su gesto no transmite emoción alguna. Está rasurado a conciencia, y sus labios son una fina línea tan inexpresiva como sus ojos, que permanecen ocultos tras las gafas de espejo. Tras detenerse, mueve sólo la mitad de la boca para anunciar con su vozarrón (casi se me cae el móvil de las manos cuando le grababa, del susto) que va a tener lugar el cambio de guardia, y que más nos vale al público asistente comportarnos con respeto y educación durante el transcurso del mismo (por el tono, lo que no termina de decir pero se intuye es: "... y al que perturbe la ceremonia, lo paso por las armas aquí mismo").
Dicho esto, el silencio es sepulcral (no te atreves ni a respirar). El jefazo 2x2 se acerca al centinela despacio (hay que estar muy entrenado para no salir en ese momento huyendo instintivamente), se queda a dos centímetros de su cara (hay que estar muy entrenado para no hacérselo encima en ese momento), coge con sus guantes blancos en un movimiento automático cual Terminator el rifle del pobre guardia y comienza a hacerle un repaso de arriba a abajo, mientras el soldado reza por dentro todo lo que sabe y más porque esté todo en perfecto estado de revista.
Hecho el trámite, el oficial, el centinela de retirada y el nuevo , que llega para relevarle, se juntan los tres frente a la Tumba del Soldado Desconocido para respetuosamente saludar marcialmente, mano a la visera, para a continuación llevarse el oficial Terminator al centinela en retirada a una marcha exacta de 90 pasos por minuto (para ayudar a visualizar los movimientos de este hombre, es como el Moonwalk de Michael Jackson, pero hacia adelante), mientras el nuevo guardia comienza su ronda de 21 pasos para allá, 21 pasos para acá... Y así 24 horas al día, 365 días al año, ya llueva, nieve o haga sol.
Justo a la salida del cementerio se encuentra el monumento a los Marines, uno de los Cuerpos más apreciados del Ejército de EE.UU.
Se trata de una escultura de grandes dimensiones, hiperrealista (parece que le puedes desatar la bota a uno de los marines y quedarte con sus cordones, si quisieras) que replica la fotografía de seis marines clavando la bandera americana tras la batalla de Iwo Jima contra los japoneses durante la II GM en el monte Suribachi (fotografía que le valió el Pulitzer a su autor, Joe Rosenthal), simbolizando el poder del grupo, el todos a una.

Al lado de la famosa escultura, se encuentra el carrillón neerlandés, un regalo de Países Bajos a Estados Unidos en agradecimiento por la liberación de la Alemania nazi en 1945. El carrillón es gigantesco, de 40 metros de alto, compuesto por más de 50 campanas, que van desde las de 6.000 kilos que tocan las notas más graves, a las más pequeñas de tan solo 6 kilos para las notas más agudas. Justo al pie de este enorme regalo se ve una foto inaugural de Truman junto a la reina de Países Bajos, que parece este mirarla como diciendo "ya me podías haber traído un queso o un tulipán, a ver dónde meto yo ahora esto".
Desde el cementerio de Arlington se divisa el lugar desde el que sale la orden última que envía a todos estos militares a luchar por su país, la Casa Blanca, la cual pudimos verla desde fuera a través de la famosa reja negra, y comprobar todo el guirigay que hay a su alrededor entre turistas, manifestantes, policías, gente acampada por las más diversas causas... Y todo llena de tiendas de souvenires, en plan banderitas por doquier, abrelatas con la cabeza de presidentes y horteradillas varias por el estilo.

Como por mucho que gritamos "Hey, Joe" el Sr. Biden no se dignó a salir al balcón a saludarnos, tuvimos que conformarnos con visitar los Memoriales en recuerdo de anteriores Presidentes que dejaron la suficiente huella en la memoria colectiva del país como para que fueran dignos de tener su propio monumento conmemorativo: Jefferson, Lincoln, FD Roosevelt...
Todos ellos son impresionantes y estéticamente grandiosos y preciosos, cada cual a su estilo. El de Jefferson es quizás el más imponente, pero el de FD Roosevelt tiene mucha sensibilidad y va conectando la persona que fue, luchando contra la polio que le dejó en silla de ruedas, con todos los problemas tremendos con los que tuvo que lidiar durante sus mandatos (la Gran Depresión y la II GM). Fue elegido presidente cuatro veces, y ha sido el único que ha servido por más de dos periodos.

El Memorial de Lincoln lo que tiene son unas impresionantes vistas. No se puede quejar D. Abraham, quien desde un trono gigantesco contempla sentado todo el Mall, con el famoso estanque rectangular en primer término desde el que el reverendo y Premio Nobel de la Paz Martin Luther King Jr. dio su famoso discurso I have a dream exhortando a la población afroamericana del país a persistir en la lucha por la igualdad y los derechos civiles. No creo que fuera casualidad que el reverendo King eligiera precisamente como lugar de su discurso el memorial del presidente quien cien años antes firmó el decreto de emancipación para millones de personas que aún vivían en esclavitud (Por cierto, tal fue la influencia de este hombre que también tiene su propio Memorial, a escasos metros de este punto, en el que simbólicamente se ve salir su figura de una inmensa roca, haciendo alusión a una de las frases más célebres de aquel discurso: "Con esta fe (la del sueño de una igualdad real) esculpiremos en la montaña de la desesperanza, una piedra de esperanza").



Thomas Jefferson no solo tiene un Memorial para él solo, sino que también uno de los edificios más bonitos del planeta, la Biblioteca del Congreso, ha sido bautizada en su honor.
Este edificio es admirable tanto por fuera como por dentro, donde la simbología está por doquier en esculturas y grabados, todas haciendo alusión al Conocimiento, la Filosofía, las Ciencias, etc.
El Gran Salón es la pieza central, ornamentada a más no poder, con techos pintados, entradas con arcos, balaustradas y columnas. En un anexo, se puede contemplar una Biblia impresa por el mismísimo Gutenberg en Alemania hace casi 600 años.

De esta estancia parten dos escaleras ornamentadas de mármol hacia el piso superior, donde el visitante puede observar desde un balcón una preciosísima sala de lectura e investigación, imponente bajo una cúpula de 50 metros de altura, flanqueada por columnas en las que hay representadas en esculturas simbólicas ciertos aspectos de la cultura, vida y conocimiento occidentales: por ejemplo, San Pablo y Moisés como figuras religiosas; Colón relacionado con la Geografía y el Comercio; Heródoto con la Historia... y así hasta 16 estatuas de bronce de diversos personajes históricos destacados en algún campo concreto del saber. A nivel de la sala, en círculos concéntricos, se aprecian los puestos de lectura, con mesas de madera, iluminados por esas lámparas verdes pequeñas de abogados de serie americana, todo ello rodeado de cientos de estantes y pasillos enmoquetados con libros y más libros, haciendo un efecto estético maravilloso de paz, concentración y estudio.

Dentro de la Biblioteca tuvimos la suerte de encontrar dos exposiciones muy interesantes: la primera, sobre la fotografía norteamericana desde sus inicios en 1839 con Robert Cornelius (quien se hizo "el primer selfie", que allí se expone). Son imágenes de la Guerra Civil, de la Industrialización, de la Gran Depresión, de la II GM, de los movimientos reivindicativos de los 60 y 70 contra el sistema y la guerra del Vietnam, el movimiento afroamericano, con Luther King a la cabeza, la etapa de Reagan... Todo un recorrido por la historia de EE.UU. de un plumazo. Es también la exposición un tributo al legado dejado por profesionales de este arte que en más de una ocasión llegaron a jugarse la vida por conseguir aquella instantánea que los catapultaría a la fama, ya sea por su dramatismo o emotividad o bien por su novedoso y arriesgado enfoque.

La segunda exposición fue la de los libros que fueron propiedad del mismísimo Thomas Jefferson y que debió ojear en algún momento en el salón de su casa junto a una taza de café (nunca más té) para pensar cómo creaba una nueva nación desde cero. Jefferson ofreció su colección a la Biblioteca del Congreso después de que los británicos la hubieran incendiado en 1814 (a cambio de un precio, que Jefferson sería patriota, pero no tonto).
Y el Presidente con mayúsculas fue el venerado George Washington, quien aparte de una ciudad entera con su nombre, tiene un obelisco central conmemorativo de 170 metros de altitud, siendo el "edificio" más alto de la ciudad (nada ni nadie puede estar por encima del General Washington).
El obelisco tardó muchos años en terminar de construirse, tanto por problemas de presupuesto como porque le pilló en medio la Guerra de Secesión.
Está hecho a base de piedras apiladas, y se puede subir hasta su cima cruzando los dedos por que los cálculos físicos de los ingenieros hayan sido correctos.
En la cúspide, una pirámide hueca corona el obelisco, desde cuyo interior se puede obtener una vista 360º de la ciudad por sus cuatro puntos cardinales. Un piso más abajo de la pirámide se encuentra el museo que explica la historia del monumento, y cuenta cómo cada Estado de la nación tiene su propia piedra grabada en el obelisco. Asimismo, hay piedras donadas por empresas y particulares, si bien no dejan grabar a los particulares sus nombres pues no hay nadie que pueda considerarse tan importante en un monumento dedicado al General Washington, el cual intenta representar la unión y al pueblo y no deja sitio para protagonistas individuales.


Con unas soleadas vistas de esta magnífica ciudad nos despedimos de ella con pena, volviendo a preparar las maletas para nuestro próximo destino, Montreal, donde nos esperan con ansia ni más ni menos que dos perros y un gato (mientras no sean osos, todo va bien).
